Una agenda que atrasó 50 años

11 diciembre 2018
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Reflexiones de Carlos M.  Reymundo Roberts sobre la agenda de las primeras damas del G20 en Buenos Aires

Trece mujeres poderosas y espléndidas, que lucen outfits preparados durante meses, posan en las escalinatas de mármol de Villa Ocampo, en San Isidro. Son las primeras damas del G-20 y están allí para almorzar, conocer la histórica casona y retozar a la sombra de árboles centenarios. En el centro, la anfitriona, Juliana Awada, siempre impecable, siempre perfecta. También el día, templado y luminoso, es perfecto.

Con el mismo glamour, las señoras habían estado en la quinta de Olivos; por la noche, irían a la gala del Colón, y al día siguiente, almorzarían y recorrerían el Malba. Una “agenda cultural”, fue la explicación oficial. Una agenda de otros tiempos, podría decirse. Llevar a las ilustres visitantes a conocer lindos lugares, comer cosas ricas, mostrar su ropa de autor y sacarse fotos no parece hacer juego con la era del empoderamiento de la mujer, la búsqueda de la igualdad de género y el #MeToo.

Ninguna de las cuatro estaciones –Olivos, Villa Ocampo, Colón y Malba– es per se objetable, desde luego. Es un recorrido por la historia, las letras, la música, la danza y el arte. Pero el paisaje ofrecía un brutal contraste: por un lado, los líderes del G-20 en febriles reuniones tratando (se supone) de arreglar un mundo convulsionado por conflictos armados, guerras comerciales, migraciones masivas y la degradación del medio ambiente; por el otro, ellas, mundanas, paseanderas, leves. No porque lo hubiesen pedido ni querido, sino porque se las ciñó a un programa conceptualmente opuesto al de sus maridos y propio de los tiempos en los que a la mujer se le daba, de hecho y de derecho, un papel secundario en la sociedad. Damas de compañía.

[Es verdad que el abordaje de los medios de comunicación (argentinos, al menos) en sus coberturas de tamaño evento internacional fue en general “superficial” y con foco en modas y maneras (vestuario y protocolo), aunque cabría preguntarnos si eso fue deliberado, “incitado” por los organizadores, o más bien un sesgo propio del periodismo vernáculo; y en su caso, cuánto tiene este sesgo de inquietud personal de ese periodismo y cuánto de intento por satisfacer a sus audiencias. Es una diferencia importante, porque si fuera así, el estereotipo de la mujer-objeto-acompañante estaría primero en la sociedad y los medios lo confirmarían con sus relatos, lo cual es grave porque lo hacen así más fuerte debiendo ablandarlo, pero no es lo mismo que inventarlo. Sobre esta relación entre estereotipos sociales y medios de comunicación, “No banalizar el maltrato” y nuestros comentarioss sobre Gelblung y Lanata, también comunicadores sociales, que repiten estereotipos como el de la famosa “Doña Rosa” y las “señoras gordas de Barrio Norte”]

Ellos, líderes globales, revolearon audífonos, hicieron declaraciones filosas, protagonizaron polémicos saludos y llegaron a acuerdos que tendrán consecuencias en las vidas de millones de personas. Su lenguaje gestual fue analizado en clave política, ya que sus cuerpos hablan de lo que representan y de lo que vinieron a negociar. A ellas, en cambio, se las juzgó sobre todo en términos de estilismo. Su ropa y sus zapatos fueron los protagonistas de una red carpet interminable; sus gestos, de cordialidad previsible, y sus actividades, más bien insustanciales, apenas pueden ser considerados desde un registro estético. Las únicas tres mujeres del foro principal, Angela Merkel, Theresa May y Christine Lagarde, eran, no por casualidad, las menos producidas.

[Deberíamos incluir aquí a Máxima Zorreguieta, que en su rol de reina de los Países Bajos, participó como representante directa del Secretario General de la ONU, exponiendo sobre su expertise: la inclusión financiera]

Tampoco el perfil de las primeras damas de la cumbre coincide con el carácter de la visita que les organizaron. Entre ellas hay dirigentes políticas, empresarias, economistas, intelectuales, periodistas, emprendedoras sociales… Es decir, mujeres con un universo de intereses más amplio y profundo que el de un city tour cultural. Por caso, la reina Máxima tiene un reconocido activismo en favor de la inclusión financiera; Sophie Trudeau, en la promoción de la mujer, y la propia Juliana Awada, en temas de infancia, educación y vida saludable. De hecho, algunas tuvieron otro tipo de actividades –de mayor densidad y compromiso, podría decirse– por fuera de la ligera agenda oficial.

La estigmatización de la mujer como coqueta, agradable, contemporizadora y tomadora interminable de té atrasa la causa de la lucha por la igualdad que tantos desvelos y debates genera. Mejor hubiera sido encontrar a estas mujeres entrevistando a otras mujeres, para aconsejarlas y empoderarlas. En la Argentina, azotada por la pobreza, hay líderes comunitarias que sostienen lo insostenible; otras se abren paso en el mundo de la empresa; otras luchan contra la violencia que tiene por blanco a la mujer; hay científicas, artistas, emprendedoras. Un buen papel para una primera dama podría ser utilizar ese espacio de atención y lucimiento para señalar y legitimar a tantas que trabajan invisibilizadas y en silencio. ¿No había lugar en la agenda para una visita a Los Piletones, la fundación de Margarita Barrientos, donde diariamente se les da de comer a 1600 personas? ¿No cabía mostrarles un país que ciertamente no se agota en los rincones más privilegiados de Palermo, Olivos y San Isidro?

[Se pregunta bien Reymundo Roberts, y nosotros completamos: ¿y si con una visión más progresiva, al punto inicial en la Villa Ocampo, que celebra el principio de las inquietudes por la igualdad de género en la Argentina, sumábamos otros más próximos, por ejemplo a algún laboratorio o equipo científico liderado por una mujer? Tal vez eso nos hubiera mostrado un poco más adelante que en la línea de largada, porque ciertamente, aunque como a todas las sociedades nos queda todavía mucho por recorrer en este punto, alguna distancia venimos recorriendo].

El documento final del G-20 expresa que “la igualdad de género es esencial para el crecimiento económico y el desarrollo equitativo y sostenible”. Nada que objetar. Eso sí: la igualdad bien entendida empieza por casa [Aquí, un artículo desde esta misma sección sobre la declaración final del G20 en relación con los temas de género y las recomendaciones del W20].

Las primeras damas en Villa Ocampo. Crédito: Diario Clarín

Por Carlos M. Reymundo Roberts, para La Nación del 11 de diciembre de 2018
Las cursivas entre corchetes son nuestras.
La ilustración es original del artículo

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