Nuestra fórmula para educar en una verdadera igualdad de género

16 octubre 2017
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Auspiciosamente, de un tiempo a esta parte la prensa ha publicado gran cantidad de notas y artículos de opinión sobre casos de mujeres en inferioridad de condiciones respecto a los hombres en el trabajo y en otros ámbitos de la vida de relación. En muchos casos, los hemos replicado en esta misma sección de Educación y Género, porque en términos generales consideramos como algo positivo la visibilización de este tema tan importante, y porque creemos que escuelas y comunidades educativas tenemos mucho que hacer al respecto.

En este caso proponemos ir un paso más allá, al ofrecer algunas reflexiones con ánimos de orientación didáctica.

No obstante, es notable que en la mayoría de esos artículos periodísticos, por no decir en casi todos, a la descripción de la discriminación realmente sufrida por las mujeres sigue una reivindicación que lo es solo en apariencia. Si hurgamos más a fondo sobre los discursos imperantes en la materia, terminaremos encontrando que esa reivindicación suele funcionar nada menos que como el cumplimiento de la profecía, la naturalización ¡por la propia víctima! del hecho discriminatorio.

Dicho de otro modo, las defensas y las demandas a que da lugar el acto discriminatorio, terminan consintiendo la inferioridad de las mujeres y construyendo sobre su base una propuesta de “integración” a veces tan artificial como la discriminación misma.

En las reflexiones que siguen, proponemos un camino diferente: la necesaria educación de las mujeres, en plena conciencia de su igualdad esencial y evolutiva con los hombres, en el refuerzo de su propio yo.

Creemos que esta es la clave para remover los escollos que aún existen al progreso social y profesional de las mujeres: pasar de la demanda a la proactividad, de la forma al fondo y del cambio exterior -de posiciones- al cambio profundo -de convicciones- sobre la igualdad de los seres humanos (hombres y mujeres) y sus consecuencias.

Para ello, recurriremos al texto que nos refiere una destacada psicóloga que colabora con nuestra columna de Educación y Género: Pilar Luzardo.

“Si nos detenemos a mirar a niñas y niños, veremos que los momentos que marcan la evolución de nuestro psiquismo se dan en las mismas etapas, independientemente de su sexo. No hay en esto ninguna desigualdad:

A grandes razgos, bocetando las etapas evolutivas, en ambos sexos los primeros pasos son difíciles y liberadores: nos amplían el mundo que habitamos y deseamos conocer.

El esquema corporal se completa con el psiquismo en ambos sexos alrededor de los dos años y el tránsito por el Complejo de Edipo se dará para los dos a partir de los tres años y medio.

La mielenización de la columna, que nos permite el aprendizaje, también se da de forma simultánea en ambos sexos; y pasa lo mismo con el paso a la abstracción en la prepubertad y pubertad.

Todos seremos ( hombres y mujeres): niños, púberes, adolescentes y adultos.

Ahora bien, si en esencia y evolución hombres y mujeres somos iguales, ¿por qué basar en razón de nuestro sexo femenino la demanda por el trato digno, la igualdad de oportunidades y el fin de la discriminación?. No deberíamos pedir que nos traten mejor porque somos mujeres. Más aún, ¿en esa afirmación, en ese pedido, no somos nosotras mismas las que aceptamos la diferencia?

Es muy importante el lenguaje como para usarlo a la ligera, deberíamos pedir respeto porque somos individuos con igualdad de derechos y obligaciones, no porque seamos mujeres.

A través de hilos casi invisibles se va formando una tela de araña en la que un género queda atrapado mientras el otro teje.

Si miramos hacia atrás, en la línea de tiempo de la evolución de la humanidad, los cambios con respecto a la mujer son aún muy recientes. Es cierto que son muchas las vidas que se han ido, posibilidades que han muerto, pero si vemos lo positivo, los últimos cien años hemos evolucionado mucho y los últimos cincuenta años, a pasos agigantados.

El tiempo para mi profesión es relativo, y nos damos cuenta a cada instante con cada paciente: lo eterno para uno es un instante para otro. Los tiempos se acortan o alargan según las patologías. Por lo tanto, la línea de tiempo que usan, entre otros, los historiadores, nos sirven casi siempre para establecer parámetros: no es lo mismo alguien que llora desconsolado la pérdida de un ser querido recientemente, a alguien que después de los años revive el momento casi como si estuviera pasando en ese instante. Aclaro estos conceptos porque es indispensable para entendernos saber qué significa cada palabra para cada disciplina.

Con respecto a los cambios en la percepción de la mujer, algunos piensan que con cambios de conductas quedarían solucionados en corto tiempo. Yo no creo en las recetas mágicas, creo en el trabajo profundo capa por capa, y lleva tiempo. Una práctica nueva, sostenida en el tiempo, podrá ser muy útil para deshacer otras anteriores, pero eso no producirá un cambio efectivo si no va acompañado de un cambio en la mentalidad, en la comprensión y en el valor de las cosas. Los cambios profundos, sustanciales y duraderos, empiezan en el interior y se exteriorizan después en actos. El camino contrario, de los cambios en las maneras, no garantiza el éxito; al contrario, la mayoría de las veces solamente lo simula.

Vamos a un ejemplo práctico: algo muy fuerte en lo profundo sostiene que aún en el Siglo XXI la publicidad siga mostrando mujeres quitando las manchas que el marido le hizo a una remera, por su descuido constante, al punto que la mujer puede apostar lo que va a suceder. O que sigan mostrando cómo una mamá que ve entrar a los chicos y al perro con los pies y patas llenas de barro, y solo le queda tomar cual Cenicienta, el cepillo y ponerse a limpiar. Y yo pienso, si alguien tirara café sobre el trabajo de estos señores, o le llenara de barro la Play a estos niños,¿ responderían igual? ¿O sus derechos los harían saltar con indignación por la falta de respeto de los demás hacia su trabajo y hacia sus pertenencias?

Creo que solo reforzando el yo de esas mujeres, haciéndoles entender que cuidar es también educar en el respeto del trabajo del otro, que en este caso es ella misma podremos lograr el verdadero cambio.

Madres y padres que generan niñas con derechos, con autoestima, con proyectos más allá de casarse y tener hijos y de estar al servicio total de su familia. Decía un filósofo que los hijos no son nuestros, sino hijos de la vida, que deben volar a construir sus propios nidos. Esto es importante para empoderar a las niñas de hoy como adultas de mañana: en ese momento de la partida, el que generó un proyecto más allá de los hijos, seguirá con su proyecto y sufrirá el nido vacío, pero no se le vaciará la vida de significados.

Pero, ¿cómo propiciar desde ahora mismo ese cambio profundo de mentalidad social que se cristalizará en nuevas prácticas sustantivas?

Maestras y maestros que fortalezcan a esas niñas y descubran en ellas todas sus potencialidades de ser humano: ¿arte?, ¿ciencia?, ¿ser astronautas, mecánicas, ingenieras, científicas, futbolistas?, etcétera, etcétera, etcétera.

Talleres generados por el Estado para el desarrollo de las capacidades, que tengan en cuenta que a los siete años un individuo ya es la maqueta del edificio que será como adulto.

Si no tomamos en cuenta estas premisas de actuar ya para las próximas generaciones y fomentar talleres para reforzar la autoestima y aprender liderazgo, estaremos hipotecando el futuro de las próximas generaciones de mujeres y de los hijos varones que esas mujeres van a educar. Y debemos saber que somos una tela en blanco donde podemos crear la obra más hermosa de nuestras vidas que es nuestra existencia con igualdad de derechos”.

Como el avance de la sociedad humana hacia el entendimiento y la apropiación práctica de ciertas verdades es pendular, paliativos como los supuestos de “discriminación positiva” pueden ser útiles para un momento determinado. Esta misma línea que proponemos para la interpretación del fenómeno de la igualdad de hombres y mujeres postula a la discriminación positiva como transitoria: Un recurso en cierta forma ortopédico que sería mejor que aspiremos también a superar.

Será otra lucha, ciertamente. Una lucha desde una mejor posición inicial. Pero una lucha para la que debemos estar preparados si no queremos quedar a mitad de camino: enamorados de la concesión, en algún punto tan artificial como la de los discriminadores. O peor aún, del armisticio entre discriminadas y discriminadores en una nueva forma de comodidad.

*La ilustración corresponde a Lunik, para La Nación del día 16 de octubre de 2017

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