Como si no hubiera que cruzar el mar

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Carolina tiene doce años y viaja por primera vez sola en avión hacia Madrid, donde la espera su tío. La acompañan las cartas de María, su bisabuela, que también cruzó el mar a solas, pero en barco, desde España hacia Argentina. Y, aunque el tiempo es muy distinto y las historias se cruzan, las vivencias se parecen mucho y esas cartas le sirven a Carolina para crecer y entender muchas de las cosas que le suceden en ese país tan distinto y, a la vez, tan similar al suyo. Cartas, relatos, canciones, chistes, charlas telefónicas, recetas de cocina y muchos otros géneros pueblan y entretejen la novela.

Cuando empecé a escribir Como si no hubiera que cruzar el mar, me ponía un rato en la cabeza de Carolina y un rato, en la de María. Y así, a un lado y a otro, se iban armando los capítulos. Les preparaba a las dos situaciones iguales o parecidas, para ver qué salía de cada una pero las mantenía todo el tiempo separadas. Hasta que un día, creo que a la altura del capítulo “Agujero negro”, ellas empezaron a conversar y yo, que había quedado en medio, muda, las escuchaba hablarse como viejas conocidas.

Que en una familia haya idas y venidas, despedidas y reencuentros, parece algo muy común, especialmente en estos días, en este país. Lo que nunca va a ser común es lo que cada uno que parte siente a la hora de irse, de estar yéndose… Y de eso trata este libro a dos voces, la de Caro y la de María del Pilar, que se hablan dentro de mi corazón como si para preguntarse y contestarse no tuvieran que cruzar el tiempo, el mar.

Las dos cuentan, hacia atrás y hacia adelante, historias de mi familia. Y cada vez que estas historias parten, yo viajo con ellas, con el boleto doble de la esperanza y la tristeza. Te invito a que te prepares, también, lector, ahora que estás ahí, tan cerca de mis palabras, a acompañarme.
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