“José Carlos Mariátegui. Lo propio de un nombre”

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Corta vida y vasta obra se presentan bajo el nombre de José Carlos Mariátegui. Sobre sus libros abundan interpretaciones y no escasean tampoco las controversias. Apenas trazaremos algunas líneas sobre esa prolífica producción. Durante la década de 1920, fundó la editorial Minerva. Allí había tres colecciones de libros: la Biblioteca Moderna –destinada a publicar teoría y filosofía–, la Biblioteca de Vanguardia –textos literarios– y la Biblioteca Amauta –en la que se editaban obras vinculadas a cuestiones nacionales, como los Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana. Interesan los tres nombres porque son los de las apuestas del ensayista, los que van poblando sus escritos, los que organizan las secciones de la revista Amauta –recordemos: en el primer número se publica una inédita traducción de Interpretación del psicoanálisis de Freud y un fragmento de Tempestad en los Andes del indigenista Valcárcel–, los que se inscriben en el trayecto vital del propio autor, primero entusiasta vanguardista y luego marxista autodidacta, para finalmente ser el buceador del modo más singular de comprender al Perú.

Lo que caracteriza a Mariátegui es el peculiar tramado de esos hilos, que no se deben pensar como estaciones sucesivas sino como preocupaciones que revierten sobre sí y van evidenciando que la verdad de cada una no aparece sino en la tensión con las otras. Su pensamiento es dualista pero esquiva con soltura las dicotomías heredadas. En el prólogo de los Siete ensayos… declaró que no habría salvación para Indoamérica sin la ciencia o el pensamiento europeos u occidentales. En algún otro escrito afirmó que solo desde la heterodoxia se podía revisar la tradición y que pensar la nación implicaba la travesía cosmopolita. Escritor de riesgos, lo suyo no era la condensación irónica del oxímoron sino el despliegue cuasi dialéctico que mostraba que solo la incisión de lo contrario vitalizaba situaciones, legados y conceptos.

José Aricó lo llamó el primer marxista de América Latina. En una región en la que Marx fue presencia temprana –Juan B. Justo, fundador del Partido Socialista, hizo la inaugural traducción del primer tomo de El capital al español–, la singularidad de Mariátegui sería la de procurar no una aplicación sino una efectiva revisión del arsenal conceptual, para articularlo con la realidad peruana. En dos puntos el ensayista se desviaba de la doxa prevaleciente: en la consideración de la cuestión nacional y en la afirmación del indio como sujeto de una política revolucionaria (y no como objeto de una interpelación moral o asistencial).

Alguna vez escribió que lo más viejo puede ser lo más nuevo, para referirse a la presencia del mito incaico y a su posible actualización al imbricarse con el moderno socialismo. No puede pensarse su obra sin una reflexión sobre el tiempo al que pertenece. En cierto sentido, las polémicas que atravesó provenían de su anacronismo: como otras intervenciones de vanguardia, la suya excedía la época en la que se inscribía. Era, sin dudas, deudor de su tiempo: de él venían los entusiasmos vitalistas y el descubrimiento de una rebeldía plebeya que recorría el mundo. Pero también lo desbordaba, hacía trizas los modos consabidos de comprenderlo. Cuando murió, en 1930, su obra fue desguazada en controversias, su revista fue aplanada en fórmulas interpretativas consabidas y el partido que fundó –el Partido Socialista del Perú– fue sometido a una campaña declarada de desmariateguización. Treinta años después, la revolución cubana pondría en juego sus hipótesis y lanzaría al ruedo de las insurgencias latinoamericanas su nombre. De excomulgado devenía en precursor. Murió cuando sus apuestas políticas habían sido derrotadas, fue releído cuando fueron vencidos sus vencedores. Como bien sabía Borges, el precursor no crea nada, apenas deja una huella que solo un acontecimiento histórico, al inaugurar otra temporalidad, permite decodificar.

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