La ciencia en el jardín de infantes y los primeros gradosFinalizado

20 septiembre 2016 | |

Cuando comenzamos a nacer, la mente empieza a comprender que vos sos vos y tenés vida (menores de cuarentaipico, abstenerse). Pero ¿cuándo comenzamos a nacer? ¿Y a pensar? ¿Y a mirar el mundo, tratar de entenderlo, experimentarlo, jugarlo? ¿Cuándo empezamos a ver el mundo con ojos de científico?

Seguramente, estén pensando en esos locos bajitos de la primaria, que salen al patio y al universo a preguntar todo sobre todo. Y es cierto: allí está lleno, pero bien lleno, de actitud científica. Pero no: comienza mucho antes, como si trajéramos esas ganas preguntonas de fábrica, como si la ilusión de conocer fuera algo que nos hace profundamente humanos. Picasso decía que todos los niños nacen artistas. Puede ser, sí, pero también nacen científicos: ¿qué otra cosa que ciencia aplicada es salir al jardín a quemar hormigas con la lupa? ¿O abrir al juguete a ver qué tiene adentro? ¿O, en el peor de los casos, abrir al hermanito a ver qué tiene adentro? La cuestión es qué hacemos con esas ganas y esa mirada, sobre todo en la educación formal. ¿Entra la ciencia en el jardín de infantes, en los primeros grados, o se queda en la puerta, esperando para ir a jugar?

El jardín suele pensarse como una preparación para lo que viene después, y ese después es, de manera más que preponderante, leer, escribir, sumar y restar. De la ciencia, ni noticias, como si los más chiquitos no fueran capaces de pensar científicamente. Nada de eso, nos cuenta la Dra. Melina Furman en un maravilloso librito que acaba de publicarse (y se puede leer y bajar online): Educar mentes curiosas: la formación del pensamiento científico y tecnológico en la infancia. Eso: pensar con cabeza y mirar con ojos de cientifiquito, con mandíbulas caídas y bocas abiertas de asombro, recreando bajo la guía del maestro y junto con sus amigos y compañeros la aventura de la ciencia. en el aula.

No partimos de la nada: los chicos de poco más de un año de edad son experimentadores natos, observan, sacan conclusiones, evalúan hipótesis. y si nos descuidamos hasta piden subsidios para investigación. Más adelante, ya en los primeros años de primaria son capaces de discernir entre grupos experimentales y controles, y hasta buen testeo de hipótesis. Sí, todo eso, y nosotros pensando que con las letras y los números alcanza.

Pero Melina Furman no se queda con la descripción de lo que se podría hacer. Para algo es una de las principales investigadoras en el país sobre el tema, y no sólo eso: pone sus ideas en práctica, con experimentos maravillosos en el aula, chicos que descubren el increíble mundo de los hongos, detectives de sonidos, exploradores de luz, desafiadores de la imaginación y de la creatividad. Es cierto: el juego ayuda y es parte de la aventura, lo cual es bastante común en el jardín, aunque muchas veces queda olvidado en el límite feroz que significa primer grado, cuando los niños se convierten en. alumnos. Quizás haya algo que nosotros aportamos a esto: el imaginario social que le permite a una maestra de jardín tirarse despatarrada en el piso, rodeada de frascos, hilos, alambres, preguntas y chicos mientras que, franqueada la puerta de la primaria, en general esa actitud de “vamos a investigar/jugar/ indagar” se queda afuera, y no hay germinación del poroto que alcance. Melina nos enseña también que esa ventana inicial rinde frutos: los chicos que atraviesan esta etapa científica muy temprano en la educación tienen un mejor desempeño más adelante, al menos si se lo mide, nuevamente, como la capacidad de mirar el mundo con ojos racionales, curiosos, aventureros. Esas ideas maravillosas de la infancia son, entonces, semillas de buena gente, de alegría y de aprender a disfrutar el conocimiento.

No se lo pierdan: se sorprenderán con las hazañas naturales que permite una educación enriquecedora, pensadora, científicante desde el comienzo. La verdadera patria de los hombres es la infancia, decía el poeta Rilke. Y la de los científicos, también.

* Por Diego Golombek, con el título de”Ciencia de infantes”, para La Nación del domingo 18 de septiembre de 2016